Discurso de Patxi Baztarrika
Sin duda alguna, hoy es un gran día para la Asociación Cultural Ttakun de Lasarte-Oria. El Premio Anton Abbadia es un premio que se ha labrado ya un prestigio y aceptación general, cosa bastante poco común, entre quienes trabajan en favor del euskera; es un premio que no se concede todos los días, y que no lo gana cualquiera, de la misma forma que no todo el mundo reúne los méritos suficientes para hacerse acreedor del mismo.
Sin embargo, me atrevo a decir que es también un gran día para la propia Diputación Foral de Gipuzkoa, para el Departamento de Cultura, Euskera, Juventud y Deportes. Con permiso de sus responsables, me atreveré a decir que para el Premio Anton Abbadia es un honor contar entre sus premiados con la Asociación Cultural Ttakun, pues el prestigio y la aceptación social de un premio se mide también por los merecimientos de quienes figuran en su nómina de laureados. Desde ese punto de vista, es evidente que el jurado del Premio Abbadia ha sabido actuar con acierto.
Precisamente el jurado del Anton Abbadia me pidió hace unos días que presentara hoy ante ustedes, en este acto de entrega del premio, una reflexión sobre los méritos que concurren en la Asociación Cultural Ttakun. Al principio traté de oponerme con las clásicas excusas de sobrecarga de trabajo, falta de tiempo, etc., pero de inmediato no tuve más remedio que aceptar.
Me vi casi forzado a ello porque admiro la trayectoria de Ttakun como movimiento social; porque, como aclararé enseguida, creo que es un buen ejemplo a seguir desde diversos puntos de vista. Y me vi también obligado en parte por mi ya antigua relación con la Asociación Ttakun, y muy especialmente con uno de sus más incondicionales colaboradores, Iñaki Arruti. Con él colaboré estrechamente en la puesta en marcha de UETS (red de técnicos municipales de normalización del euskera), colaboración que ha continuado después durante varios años, en proyectos muchas veces relacionados con las actividades de Ttakun, llenos de vitalidad y energía renovadora.
Aunque sus orígenes son anteriores, la Asociación Cultural Ttakun fue creada en 1991, con dos objetivos primordiales: por una parte, impulsar una nueva dinámica social en favor del uso del euskera; y por otra, fortalecer la cultura vasca. Trabajo no era, precisamente, lo que iba a faltarle a la nueva asociación, en épocas en las que solo un 32% de los lasartearras reconocía ser vascoparlante. En menos de dos meses de existencia, de noviembre a diciembre, contaba ya con 175 miembros activos.
En los casi diez años que median hasta la fecha, han trabajado duro: han establecido colonias abiertas de verano para niños y jóvenes; han organizado innumerables sesiones de bertsolaris y fiestas; todos los años, la Maratón del Euskera reúne a propios y a extraños, cada vez con más éxito; llevan todo este tiempo editando la revista Txintxarri, publicación inicialmente quincenal y ahora ya semanal; en 1997 crearon el café-teatro Jalgi, infraestructura cultural de enorme importancia en la potenciación de nuestra cultura; en la actualidad, cuentan con más de 500 miembros, y en julio del presente año su asociación fue declarada por el Gobierno Vasco de utilidad pública.
En mi opinión, hay en la actividad desarrollada por Ttakun durante todo este tiempo tres elementos que deberían seriamente ser tomados en consideración: el uso del euskera, la cooperación, y su apertura y pluralidad. Permítanme extenderme un poco sobre estas tres cuestiones.
La Asociación Cultural Ttakun ha centrado sus esfuerzos en fortalecer el uso social del euskera, y solo en menor medida en promover el aprendizaje del euskera por parte de quienes no conocen nuestra lengua. Sabido es que conocer una lengua y utilizarla habitualmente no son cosas que vayan necesariamente parejas. En los últimos años, se ha incrementado el número de quienes saben euskera, pero no ha ocurrido lo mismo, ni mucho menos, con quienes lo utilizan con asiduidad. Han sido muchos autores que se han ocupado de esta cuestión, entre ellos Bernardo Atxaga, quien nos ofreció un párrafo tan sugerente como el que sigue: ?Como bien escribió Abdetfattah Kilito, las palabras no se parecen en nada al jabón. Cuanto más se usa, el jabón mengua y se gasta; con las palabras, en cambio, ocurre al revés, se enriquecen cuanto más se usan (...) por eso anda el castellano tan lozano y el euskera tan flojo: porque la gente hace un montón de cosas en favor del euskera, excepto aquella que es realmente imprescindible: hablar en euskera?.
Como en otras muchas cosas, en ésta nuestra sociedad es también contradictoria. Bien es verdad que, de la misma forma en que hace algún tiempo hacía falta una actitud firme para utilizar el euskera fuera del ámbito familiar o de los amigos más directos, las jóvenes generaciones utilizan hoy el euskera con mayor naturalidad. En nuestros días conocemos una legión, como nunca antes habíamos conocido, de jóvenes que han crecido, se han educado y viven en euskera. Y sin embargo, incluso entre los jóvenes la proporción de quienes utilizan habitualmente la lengua vasca está lejos de las cifras de quienes la conocen; más lejos todavía en otros sectores de población. Hay muchos factores que inciden en ello, desde luego, pero ¿no es evidente que uno de ellos, preocupante a mi entender, es la falta de lealtad hacia la propia lengua?
Otro de los elementos que caracterizan en mi opinión la labor de la Asociación Ttakun es el talante cooperador, de gran valor en nuestros días, especialmente por su poca profusión. Ttakun ha sabido promover y orientar la cooperación de prácticamente todas las asociaciones, centros escolares y grupos de Lasarte-Oria en favor del uso del euskera. Y ha sabido también aglutinar el trabajo de los organismos públicos y de las entidades sociales: desde sus primeros pasos, Ttakun ha recorrido su camino en una estrecha colaboración con la Comisión de Euskera, y ha sabido mantener siempre una relación estable con el Ayuntamiento, aun a pesar de las diferencias. Ha sido no tanto un predicador de la cooperación, sino sobre todo un practicante de la misma.
El tercer elemento que quiero subrayar es el de la pluralidad. La Asociación Ttakun se ha esforzado siempre en actuar por encima de partidismos, en la creencia de que hay ciertos principios básicos que deberían aceptarse sin reparos: por una parte, debería reconocerse que hay más de una manera de trabajar en favor del euskera, y que no es preciso comulgar con una determinada manera de pensar para poder trabajar en favor del uso del euskera, sino que puede hacerse desde cualquier ideología, y que nuestra lengua necesita de todas ellas; por otra parte, deberíamos aceptar que el trabajo en favor del euskera no debe ser en contra de nada ni de nadie, no debe ser en contra del castellano, mucho menos aún contra quienes tienen el castellano como lengua propia. Ttakun se ha esforzado de manera consciente en dirigir su labor en favor del uso del euskera no solo hacia las personas que conocen el euskera, sino también hacia quienes no lo conocen, y lo ha hecho de una forma abierta e integradora, sin tensiones que a la larga no hacen sino perjudicar al más débil, sin incitar reacciones en contra, demostrando que se puede defender así la promoción del uso del euskera.
Tengo la impresión de que son muchos los que miran al euskera, sea a favor sea en contra, de una forma tremendamente ideologizada, olvidados de lo que Luis Mitxelena nos decía: ?el euskera es demasiado débil para utilizarlo como arma arrojadiza?. Con la misma fuerza, el recientemente desaparecido Padre Villasante denunciaba lo que él llamaba ?utilización partidista? del euskera. El avance en la normalización del uso del euskera exige un recuerdo permanente de las palabras de Villasante, cuando decía una y otra vez que, por encima de cualquier ideología, ?el euskera es patrimonio de todos?, de quienes conocemos la lengua y de quienes no la conocen. Todos tenemos un cierto compromiso. Por ejemplo, nadie debería renunciar a su derecho sobre el euskera, pero sí debería abandonar la pretensión de considerarse dueño exclusivo de nuestra lengua. Ésa es una tentación que pueden tener, evidentemente, los nacionalistas, de la misma forma que quienes no lo son pueden tener la tentación de creer que el euskera no es asunto que tenga que ver con ellos para nada. En ese sentido, coincido con el escritor donostiarra Ramon Saizarbitoria, cuando afirma: ?Que el euskera no sea monopolio de nadie, sino sencillamente la lengua del pueblo (...) Deben separarse el euskera y el nacionalismo, sí, pero sin que los nacionalistas renuncien al euskera, sino, al contrario, logrando que los demás lo hagan suyo?.
Estoy convencido de que, en mayor o menor medida, la culpa de que el euskera no haya sido asumido como patrimonio de todos, la responsabilidad de que haya sido utilizado como arma arrojadiza de unos contra otros, nos corresponde un poco a todos. Dicho de otra forma: todos tenemos algo en que cambiar. A la vista de los acontecimientos que se están desarrollando en torno al euskera, debemos preguntarnos si desde el campo de la defensa del euskera hemos hecho bien las cosas durante los últimos 20 años. Hace unos días leíamos en el diario Euskaldunon Egunkaria las afirmaciones del movimiento ?Oinarriak? de Navarra: reclamaba un nuevo discurso sobre el euskera. Algo que los defensores del euskera deberíamos recalcar y subrayar con insistencia es que el mundo del euskera es algo plural, ligado no a una manera de pensar sino a muchas y diferentes maneras de ver las cosas. Si en algo necesitamos del pragmatismo, de lo que el escritor Anjel Lertxundi tan certeramente definió como ?la medida de lo que somos?, es en el campo de la defensa del euskera.
El euskera debe unirnos, sí, pero no uniformarnos. Nuestra lengua nos valdrá en la medida en que quienes somos diferentes podamos ser también diferentes en euskera. El euskera necesita de gentes de todo color y condición; de otro modo, el futuro del euskera y de nuestra convivencia se verá seriamente comprometido. Ésa es al menos mi opinión, y creo sinceramente que sería bueno hablar con tranquilidad, con libertad, sobre el camino recorrido hasta hoy y sobre el futuro, tanto dentro del campo de la defensa del euskera como fuera del mismo.
Nuestra difícil y cruda realidad política causa gran perjuicio al euskera. Pongo por caso, hoy en día hay gentes que han empeñado muchos medios para que el nacionalismo, y hasta la propia lengua vasca, sean identificados con la violencia. Es evidente que ahí hay una enorme manipulación, que produce gran daño al euskera. Pero, sea como fuere, ello quiere decir en primer lugar que la violencia está causando un inmenso menoscabo también al euskera.
Una lengua es, ante todo, lugar de encuentro ?y el euskera no iba a ser una excepción?, de manera que las cuestiones lingüísticas tienen que ver directamente con la convivencia. Hablamos de pluralidad, valor que creo debemos defender sin reservas. Pero debo decir también que hay mucha manipulación oculta tras pretendidos conceptos de pluralidad, de modernidad o de universalidad. Hay sectores interesados en utilizar esos valores para esconder una actitud política frente a la lengua, claro está siempre en contra del euskera, como si el euskera fuera algo opuesto a la universalidad. Anjel Lertxundi, con su habitual perspicacia, nos señala que aquí no están en pugna universalidad y particularidad, sino universalidad y uniformidad. En palabras suyas, ?la oposición es entre uniformidad vs universalidad, hermoso concepto que debe entenderse como síntesis de particularidades. La uniformidad es la destrucción de identidades. En esa lucha, tan peligrosos como los uniformadores son quienes cierran las ventanas de su casa con ladrillos?.
En los últimos tiempos asistimos a una aparición cada vez más frecuente y resuelta de actitudes en contra del euskera, actitudes irracionales, que van en contra de derechos de los ciudadanos. Actitudes que huelen a venganza, diría yo. Están haciendo un uso ideologizado del euskera, es la ?utilización partidista? que decía Villasante, han tomado al euskera como arma de confrontación política. Navarra es, a buen seguro, el caso más claro: desde la supresión de la Dirección de Política Lingüística hasta las nuevas medidas que limitan el uso del euskera en la administración o la educación. Tampoco en la Comunidad Autónoma Vasca estamos a salvo: por mencionar un caso, el debate sobre la educación en euskera. Es preciso poner coto a tales ataques, haciendo valer los instrumentos de discriminación positiva en favor del euskera, previstos en la legislación vigente.
Pero por encima de cualquier otra consideración, creo que es básico buscar en torno al euskera un consenso similar al que obtuvimos en 1982, con la aprobación de la Ley del Euskera. Por la vía de la confrontación, el euskera no tiene futuro, ni tampoco nuestra convivencia. Hace ya diez años que, reflexionando sobre el panorama previsible en caso de que la situación del euskera no llegue a prosperar, Bernardo Atxaga escribió lo siguiente: ?El grupo de quienes conocen el euskera y quieren utilizarlo normalmente, por ejemplo, se sentirán marginados y despreciados, y acabarán volviéndose contra los vascos de mentirijillas y contra quienes no conocen el euskera. Los vascos de mentirijillas, por su parte, sentirán la frustración de quien se ve atrapado en una trampa y comenzarán a buscar culpables a su alrededor. Quienes no conocen el euskera, en cambio, considerarán desmesuradas las actitudes de los anteriores, y acabarán por odiar una cultura que, a fin de cuentas, es también la suya?.
¿En qué podemos basar el consenso lingüístico tan necesario para la salud del euskera y de nuestra convivencia? Ésa es la cuestión. Creo que el siguiente texto, escrito al hilo del recurso de inconstitucionalidad interpuesto por el Gobierno central en contra de la aprobación de la Ley del Euskera en 1982, contiene algunas claves de interés. El texto, escrito originalmente en castellano, dice así:
?Las objeciones por supuesta inconstitucionalidad que plantea el Gobierno a algunos artículos de la Ley del Euskera (...) son de una cicatería estrecha y alguacilesca. (...) Pero no son estos aspectos políticos los que quiero tratar aquí, sino el caso de la lengua misma y de los motivos culturales de la defensa de lo minoritario. Así como también los límites culturales de esta defensa.
A estas alturas del siglo parece imprescindible aceptar que un idioma no es sólo un instrumento de comunicación, sino el vínculo identificador de determinada comunidad, la sede de su tradición (que en buena medida, como siempre, puede ser memoria inventada) y el refugio del simbolismo mítico que le brinda sus nociones referenciales. Ninguna lengua puede ser descalificada por el número de sus hablantes, la cuantía y calidad de las obras literarias en ella escritas, sus aptitudes para vehicular la ciencia moderna, su extensión geográfica, etc., porque no se trata de eso. Pero tampoco basta concederle una ?tolerancia represiva?, como diría Marcuse, es decir, reconocer su peculiaridad para museizarla y conservarla en formol. Surge, como siempre, un conflicto entre derechos de un grupo y la arrasadora y maquiavélica noción de la eficacia estatal. Porque lo cierto es que no son las lenguas las que tienen derechos, sino sus hablantes. (...)
Se dice que en Euskadi no sólo se habla euskera, ni siquiera se habla mayoritariamente euskera y que la realidad histórica del castellano en Euskadi Sur y del francés en Euskadi Norte debe ser aceptada con regocijo cultural. Estoy de acuerdo. Las invasiones y los mestizajes, el intercambio forzoso y la pluralidad inevitable me parecen siempre muy preferibles a la mongolizadora pureza étnico-cultural. Es mejor tener dos lenguas que una y mejor conocer tres que dos. Pero esto no impide afirmar justificadamente que el euskera es la lengua de los vascos: y lo es, no porque sea la única que tienen, sino porque ellos son los únicos que la tienen. Si deben identificarse, reconocerse, encariñarse por alguna, será por el euskera: si deben defender prioritariamente la normalización cultural de alguna, el euskera tendrá que ser (...) Tampoco hay en ello agresión alguna contra los vascos que hablan castellano o francés, pues éstos están lógicamente respaldados por el enorme vigor de estas lenguas multinacionales. La tarea difícil es rescatar y consolidar el euskera, no proteger al castellano y a sus usuarios de la supuesta revancha lingüística: en esto, como en todo, el respeto fomenta el respeto, mientras que la intransigencia suscita intransigencia.
(...) Las lenguas no se odian entre sí, sólo los fanáticos que las manejan (...) Quien ama el misterio poético de las palabras, ama también la diversidad irreductible de las lenguas y considera empobrecimiento cultural todo lo que se haga contra ella. No es verdadero amor al castellano lo que mueve a algunos a intentar convertirlo en fundamento de una concepción monolítica de España; ni tampoco es auténtico amor al euskera el de quienes quisieran utilizarlo como coartada aislacionista para practicar una cultura hecha no tanto de peculiaridades como de exclusiones, en la que su torpe cerrilismo se arropase como ?casta?. Pues la razón habla por igual en todas las lenguas, pero no todo lo que se dice en cada lengua es igualmente razonable...?
A mi entender, si de verdad queremos mejorar nuestro clima de convivencia, este texto contiene una buena dosis de las bases necesarias para que los vascos recompongamos sin más dilación, hoy mismo, nuestro maltrecho consenso político y social en materia de lengua, y más concretamente en lo que al euskera se refiere. Deberíamos conseguir cuando menos el consenso habido en 1982 en torno a la aprobación de la Ley del Euskera. Mucho ha llovido desde que el texto que acabo de leerles fuera escrito, hace 18 años, por Fernando Savater.
Nada más. Quiero felicitar sinceramente a la Asociación Cultural Ttakun por el Premio Anton Abbadia, y también a los responsables del mismo por el acierto que han mostrado. Gracias también al jurado del premio, por haberme permitido dirigirles hoy estas palabras.
Patxi Baztarrika
NOTA
El presente texto fue leído el 22 de diciembre de 2000 en el acto de entrega del 5º Premio Anton Abbadia, concedido por el Departamento de Cultura, Euskera, Juventud y Deportes de la Diputación Foral de Gipuzkoa.
