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El catalán y las sevillanas

Francisco José Hernando, presidente del Tribunal Supremo, ha comparado el hecho de conocer la lengua catalana con el baile de sevillanas. Se trata de un argumento de la máxima sutileza intelectual, como no podía ser de otra manera.
Los últimos años, para escalar en la sociedad española hay que demostrar dos cosas: el españolismo más compacto y la indigencia intelectual más profunda. Hernando, además, ha demostrado una tercera habilidad particular: la capacidad de insultar a andaluces y catalanohablantes al mismo tiempo y de un solo tiro. Un genio, el tal Hernando, a quien espera, por lo tanto, un futuro reluciente en las altas instancias del Estado o en el claustro de charlatanes de Georgetown, tan selecto.
Ante tanta altura intelectual, siempre me asalta la misma duda cartesiana: ¿y si, por una vez, tuviera razón su eminencia? Confieso mi debilidad. Pero las opiniones catedralicias me extraen mi complejo de inferioridad más pueblerino. Después de dos noches sin pegar ojo, he llegado a la conclusión irrefutable que el colega Francisco José tiene más razón que un santo. No nos engañemos por más tiempo.
El catalán y el euskera no son sino atributos folklóricos, códigos sagrados legados por nuestros antepasados para expresar un mundo que se desvanece. Unos códigos criptados imposibles des descifrar para los rostros pálidos del altiplano central y las grandes praderas españolas. Nuestras lenguas son solamente unas prácticas ritualizadas para festejar el día de la patrona o el triunfo de nuestra selección autonómica de fútbol, que, como los turrones el Lobo, sólo juegan por Navidad. Y, ciertamente, nuestros idiomas son instituciones de un pasado que pervive dentro del presente, pero que se mantiene al margen de la esfera que determina el futuro: el mercado. Unas instituciones tan entrañables y solemnes como se quiera, pero alimentadas por sentimientos románticos llenos de insana añoranza. Raíces que nos aferran a nuestro propio lodazal. Como las sevillanas. Como la Navidad.
La única impugnación posible del pensamiento que representa el señor Hernando sería la elaboración de una política lingüística de acuerdo con la gravedad del diagnóstico. Con un objetivo claro: dejar de jugar en el terreno del objeto digno de estudio y consideración y convertir nuestros idiomas en el elemento clave de la discriminación social y económica, que es la función capital de toda lengua viva que tenga alguna posibilidad de subsistir entre chips, cables y satélites, deslocalizaciones y OPAS más o menos hostiles. Para los productores y para los consumidores. Para los autóctonos y para los nuevos ciudadanos de origen alóctono. Sin distinción y sin exención posible. En la empresa, en la publicidad y en el ticket de la compra. Nuestras lenguas deben dejar de ser elementos folklóricos como las sevillanas, en efecto. Para ello, no es suficiente que nuestro estatuto de mayoría de edad proclame que somos una nación, sino que nuestros idiomas deben de cumplir en nuestras estructuras sociales las mismas funciones discriminatorias de cualquiera de las lenguas nacionales: el español, el francés, el sueco o el neerlandés. Y el resto, como dijo el clásico, es literatura. Aunque sea en forma de insulto, que no deja de ser un subgénero literario. Muy español, por cierto.
Toni Mollá
Periodista y autor del Manual de sociolingüística
