Lenguas y memoria histórica
Los libros que tratan sobre lingüística dan fe en múltiples ocasiones de los últimos hablantes de lenguas en riesgo de extinción. En palabras de la lingüista Carme Junyent, la historia de la lingüística está repleta de necrologías de últimos hablantes.
En la actualidad, podemos hallar en Internet testimonios de los últimos hablantes de diversas lenguas. En algunos casos, tales hablantes han sido realmente los últimos en haber utilizado su lengua, tras la desaparición de las personas que formaban su comunidad lingüística, bien por fallecimiento, bien por su asimilación a otra lengua o cultura. Así ocurrió, por ejemplo, en Cornualles (Inglaterra) en 1777, a la muerte de la pescadora Dolly Pentreath, última persona nativa que hablaba el córnico, lengua perteneciente a la familia de las lenguas celtas; en la isla Veglia de Dalmacia (la actual Croacia), tras la muerte del último hablante nativo, el cantero Antonio Udina, desapareció en 1898 el dálmata, una lengua romance; en la isla de Man del Reino Unido, con la muerte en 1974 de Ned Maddrell, último hablante nativo, se extinguió el manés, otra lengua celta; y en los Estados Unidos de América, concretamente en California, con el fallecimiento de Ishi, último miembro de la tribu de los yahi, en 1916, desapareció la lengua amerindia yahi; en 1987 falleció Roscinda Nolasquez, última persona que sabía hablar cupeño.
Hay también testimonios de los últimos hablantes de determinados dialectos, abundantes en la historia reciente del vascuence, donde conocemos los nombres y apellidos de las últimas personas que hablaron algunos dialectos del euskera: Ubaldo Hualde, Fidela Bernat ...
En cualquier caso, una lengua no se extingue necesariamente cuando muere su último hablante. Tras la desaparición del último hablante de un colectivo lingüístico, la lengua recientemente extinguida permanece aún en su comunidad, en su toponimia y en los nombres de sus vecinos, es decir, deja una huella que bien podría ser semilla que haga revivir a esa lengua. Desconocemos cómo influye la memoria colectiva de la lengua perdida a la hora de impulsar el deseo y la facultad de las generaciones posteriores para recuperarla. Sin embargo, varios autores (entre otros, Miquel Gros en su libro Recuperación del euskera en Navarra) sugieren una relación directa entre ambas cuestiones. Sea como fuere, debemos recordar que Dolly Pentreath fue en vida considerada una mujer peculiar, por el mero hecho de ser la última persona en hablar córnico, mienras en la actualidad es elogiada y admirada por la adhesión mostrada a su lengua durante su larga vida.
Por tanto, resulta interesante observar la relación entre lenguas y memoria histórica en el estudio de la recuperación y fortalecimiento de las lenguas locales, en especial en momentos en que memoria histórica ha cobrado tanta actualidad.
Paula Kasares
Profesora asociada en la Universidad Pública de Navarra.






