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¿Cine en catalán?

La polémica está servida. La Ley del Cine promovida por la Generalitat de Catalunya es la última excusa. Las majors de Hollywood y sus representantes en Europa no consienten las cuotas lingüísticas de pantalla. Sus derechos en el mercado libre encabezan un argumentario recurrente. En el fondo, parece más bien una falta de confianza en el mismo mercado y un miedo pasmoso a que la ley propicie un efecto dominó en una Europa multilingüe.
La doble moral de los señores del cine es muy evidente. Y la ansia recaudatoria raya con la usura. A fin de cuentas, Hollywood suele amortizar costes y entrar en beneficios en el mercado anglófono, es decir, en la aldea globalizada por los mismos efectos hollywoodienses. El resto del mundo -con Europa a la cabeza- es un mercado secundario, pero muy generoso para tales productos por su alto nivel de consumo y su potencia demográfica. Según datos de la UE, en los últimos 15 años, la cuota de mercado del cine europeo, por ejemplo, ha caído en picado en beneficio del norteamericano, que ha pasado del 35% al 80%. En ese periodo, mientras las producciones norteamericanas han mantenido un número de espectadores cerca de los 420 millones, las europeas han pasado de 600 a sólo 120.
Según el Observatorio Audiovisual Europeo, durante 2007 El Orfanato fue la única película española en la clasificación de las veinte europeas más vistas en el territorio de la UE. El cine norteamericano, por su parte, copó 18 de las 20 más vistas durante el mismo 2007 en Europa, una lista encabezada por Harry Potter and the Order of the Phoenix (Harry Potter y la Orden del Fénix), que atrajo cerca de 38,40 millones de espectadores europeos. Sólo Mr. Bean's Holiday (Las vacaciones de Mr. Bean) y La Môme (La Vida en Rosa) consiguieron situarse entre esas 20.
A pesar de todo, nunca he sido muy partidario de cuotas ni imposiciones para corregir las disimetrías del mercado. El futuro de los idiomas y de sus industrias no depende de proteccionismos políticos ni de excepciones culturales. Bien al contrario, su valor de cambio radica en la consecución de alguna clase de "valor añadido" en el mismo mercado cultural. Los creadores, los productores, los distribuidores y los consumidores tenemos la última palabra. Pero, ciertamente, la existencia del libre mercado exige unas mínimas condiciones de igualdad en el acceso.
Sin esta precondición, se inhabilita la esencia misma del liberalismo económico que invocan sus interesados apóstoles. Los cárteles del entretenimiento (con las majors a la cabeza: FOX, MGM, Paramount, Sony, Universal y Warner Bros) no sólo imponen sus productos en la aldea global gracias a una posición dominante sino que persiguen un monopolio lingüístico que asegure un mercado cautivo y desarmado. No sé si el Gobierno de Cataluña se saldrá con la suya ni si la medida influiría en los usos públicos del catalán. En cualquier caso, los espectadores deberíamos ejercer nuestro derecho previo a alinearnos -si es nuestro gusto, hasta la estupidez- con los productos americanos en la lengua que nos plazca. ¿No habíamos quedado que quien pagaba, mandaba?
Toni Mollá
Periodista y autor del Manual de sociolingüística.
