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¿Servirá de algo el 2008, como Año Internacional de las Lenguas?

Hace unos meses, en una conferencia en Barcelona sobre la declaración por las Naciones Unidas de este 2008 como Año Internacional de las Lenguas, el conocido lingüista británico David Crystal se mostraba razonadamente escéptico ante los cambios positivos que podían esperarse de esta celebración.
Es cierto que el mismo documento en que la ONU anunciaba esta decisión era de una suma vaguedad acerca de los compromisos de actuación del mismo sistema de las Naciones Unidas. Al lado de una serie de invitaciones a la sociedad mundial para que tomara conciencia de la importancia de la diversidad lingüística y se implicara activamente en su defensa, la ONU se limitaba a manifestar su voluntad de potenciar el uso de sus seis lenguas oficiales en las actividades propias de la institución. Algo realmente poco ejemplar y desprovisto de épica, que mereció un irónico comentario del profesor Crystal acerca de otra conmemoración del 2008, declarado también Año de la Patata, seguramente en honor a la contribución de este modesto tubérculo a la mejora de la alimentación mundial.
Bromas aparte, aunque las Naciones Unidas -y más específicamente la UNESCO - no dispongan de importantes dotaciones presupuestarias para impulsar la sostenibilidad lingüística, cabría esperar que al menos fueran más diligentes en la consolidación de compromisos internacionales favorables a la diversidad lingüística que no implicarían grandes inversiones, sino tan sólo una voluntad política real y efectiva. Pongamos algún ejemplo.
¿No sería lógico que la UNESCO -aparte de reconocer que el 90% de las lenguas del mundo pueden desaparecer durante el siglo XXI- urgiera a los estados miembros a aplicar celosamente los compromisos de la Convención sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales de 2005, y a informar periódicamente de los resultados obtenidos? ¿No resultaría más consecuente su política si, al cabo de 12 años de la proclamación de la Declaración Universal de Derechos Lingüísticos (Barcelona, 1996), asumiera de una vez el compromiso de elevar a rango oficial un instrumento jurídico que ofrezca garantías de supervivencia al menos a algunas de las lenguas amenazadas?
Y a un nivel más general, ¿no sería coherente que las Naciones Unidas subrayasen la exigencia de incluir el respeto de la diversidad lingüística y cultural entre los compromisos de Responsabilidad Social Corporativa que promueven en el ámbito empresarial unos programas como el Global Compact o la Global Reporting Initiative
Mientras las políticas estatales y las políticas empresariales se desentiendan de la construcción de un orden lingüístico mundial equitativo, la declaración de Años Internacionales de las Lenguas no dejará de ser un acto meramente simbólico, para algunos, incluso cínico o hipócrita.
Si el año 2008 no sirve ni siquiera para ofrecer garantías de futuro a unas lenguas como el euskera o el catalán, que son de las menos amenazadas del planeta, ¿de qué van a servir a los miles de lenguas en vías de extinción?
Isidor Marí
Director de los Estudios de Humanidades de la Universitat Oberta de Catalunya.
