Albisteak
Las dos almas de la «francophonie»

Soy un afrancesado consorte. En mi casa, por lo tanto, la lengua de Michel de Montaigne es de uso cotidiano. El francés, para mi, no necesita valores añadidos porque su utilidad es intrínseca a su uso. Hasta su muerte, nuestra querida perra fue también un animal bilingüe catalán-francés. Nunca tuvimos un malentendido sociolingüístico con ella. Le hablábamos y nos entendía sin queja aparente por nuestro bilingüismo familiar. Supongo que, a lo largo de sus catorce años de vida, entendió también el castellano, porque, en Valencia, como es lógico pensar, la lengua de Cervantes se aprende como cualquier virus ambiental: por contagio.
Les participo de mi anecdotario biográfico sin valor de análisis sociológico, por supuesto. Pero entenderán así mi escisión sentimental ante ciertas salidas de tono de los representantes más elevados de la francofonía. Como saben, la Academia de la Lengua Francesa ha rechazado la reforma del artículo 1 de la Constitución de nuestro país vecino, aprobada por la Asamblea el 22 de mayo, en la que añade que «las lenguas regionales, como el catalán y el euskera, pertenecen al patrimonio francés». La madre de todas las academias exige que se retire el texto porque, según sus eminencias, «nos parece que colocar las lenguas regionales antes que el francés en la Constitución es un desafío a la lógica y una negación a la república, una confusión del principio de nación y objeto de política». Los académicos de la institución fundada por Richelieu 150 años ante de la Revolución francesa no dudan que las lenguas regionales pertenecen al patrimonio común y son muestra de «la riqueza de la nación francesa», pero creen, con su superior criterio, que el reconocimiento es un atentado contra la «identidad francesa».
A uno, que ya ha vivido este mismo discurso entre los defensores de la Hispanidad y sus provincias, le da un poco de risa tanto esencialismo identitario, impugnado, a nuestro modesto entender, por la complejidad del air du temps. La paradoja francesa -como la de los hispanoparlantes respecto de Puerto Rico, pongamos por ejemplo- es que estas excelencias son las mismas que ponen el grito en el cielo ante el avance del inglés en la sociedad francófona de Canadá y, en general, ante un modelo de globalización construido a la manera del free flow of communication sustentado sobre el poder de las majors y las networks de los Estados Unidos de América.
Como afrancesado consorte, y por lo tanto, doblemente leal a la República francesa, siempre me he identificado con la loable defensa, a partir de la iniciativa de Jack Lang el 1981, de toda clase de excepcionalidades culturales con matriz de origen en el hexágono galo: desde la revuelta contra el junk-food de José Bové y la correlativa defensa de la comida del terroir hasta las innumerables ayudas estatales a la producción, distribución, promoción y consumo de las industrias audiovisuales y culturales en la lengua de Molière. Convencido de que el estatus de «cultura protegida» ante la lengua de Hollywood se basa, como es lógico, en la defensa de la diversidad cultural y lingüística que reclamamos para nosotros sólo en la misma medida que los franceses lo hacen para sí. Pero, en los días de lucidez sociolingüística, esta paradoja me revela una doblez discursiva que despierta en mi la profunda escisión entre el Hyde que sobrevive agazapado dentro de mi Jekyll.
El lloriqueo contra la lengua del imperio de mister Marshall y la coalición multilateral constituida por el catalán, el bretón y el euskera tiene toda la apariencia de un paranoico eje del mal nacido en el corazón de la vieja Europa -tan culta, democrática y respetuosa- como contrapunto de una grandeur y una francophonie veneradas como reliquias imperiales más allá del valor de cambio real de la lengua francesa. Un delirio sólo atribuible a una institución como la Academia de la Lengua Francesa guiada por el lema A l'immortalité en un país de tradición laica, donde floreció como en ningún otro la joie de vivre. Si nuestra perra levantara la cabeza …
Toni Mollá
Periodista y autor del Manual de sociolingüística.
