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Hemen zaude:   Más sobre el caso valenciano

Albisteak

« Itzuli albisteetara    

2005-03-23 / 08:59

Más sobre el caso valenciano

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Desgraciadamente, los aspectos más debatidos de la cuestión lingüística son los menos determinantes para la viabilidad de su uso. El nombre, la ortografía o la filiación filológica son los temas estrella del debate público valenciano. En este sentido, la manera más concurrida de solucionar el conflicto lingüístico es invocar la ciencia. Es una manera sin duda discutible porque parte de una consideración también discutible: que el concepto de lengua es neutro y universal, un enunciado científico positivo. Contrariamente, se trata de una noción connotada ideológicamente. Eso que llamamos la unidad lingüística depende de intereses y de circunstancias.

Einar Haugen insistía en que una lengua era un dialecto con ejército y un dialecto era una lengua sin él. La frase es gráfica porque señala los aspectos extralingüísticos. Pero también parcial porque carga el significado en un solo rasgo: la fuerza, el poder. Correlativamente, olvida otros, como mínimo, tan importantes como aquél. Una lengua son familias y cuadrillas, libros y revistas, televisores y radios, escuelas, bibliotecas y un etcétera abierto a nuevas aplicaciones y funciones.

Una lengua es una red de relaciones. La comprensión del secesionismo no puede reducirse a una falta de saber filológico. Ni tan sólo al desarrollo de una conciencia esencialista basada en imaginarios sentimentales. La cohesión social que representa la normalización lingüística depende de la existencia de aquellos factores y actores que le dan una estructura psicosocial. Su viabilidad no radica en eventuales pactos metafísicos sobre sus aspectos simbólicos, sino que exige un proceso de interacción comunicativa.

El País Valenciano no ha construido los mecanismos de consenso cultural que exige una sociedad moderna. Nuestro déficit identitario lo es en redes de comunicación compartidas, en complicidades sociales y en infraestructuras culturales. La irresponsabilidad de algunos sectores sociales valencianos ha hecho que lengua y comunicación sean armas arrojadizas con valor táctico y electoral entre las fuerzas sociales y políticas del país, por lo menos desde 1977. La pretendida solución científica no es tal, por angelical y bien intencionada que sea. Es imprescindible, por ello, que la controversia lingüística deje de ser una permanente impugnación del consenso social que tendría que representar el proyecto de normalización lingüística.

Necesitamos, para ello, un punto de inflexión en la orientación del discurso sobre la lengua, desde todas las trincheras. A mi parecer, todos tendríamos que dejar de reivindicar la identidad como valor metafísico. Lejos de discusiones estériles sobre la cientificidad de la filología y de proclamas sobre la inmutabilidad de les esencias idiomáticas, quizá ha llegado la hora de que diseñemos una planificación racional de las necesidades materiales y comunicativas de los valencianos. Pero, claro, eso es mucho más costoso que armarnos con una cortina de humo en forma de pancarta de cualquier color.


Toni Mollá
Periodista y autor del Manual de sociolingüística